LA CONCIENCIA QUE ME REVELA
LA
CONCIENCIA QUE ME REVELA
Espejo
sin reflejo ni apariencia,
testigo
que no exige ni condena;
presencia
que revela mi existencia
y
nombra lo que el alma siempre suena.
Ella
observa, revela, une, comprende,
luz
encendida que habita en mi pecho;
mide
en silencio todo lo que emprende
mi
alma, y la defiende según lo hecho.
Presencia
de un testigo a mi favor,
secreto
hondo de mi paz interior,
lección
constante que me hace mejor.
Conciencia
que, al estar viva, me habló:
el
cielo y las estrellas en mi piel,
camino
que me hizo oír la voz de Dios.
Después
de escuchar la voz de Dios en la piel, el poeta comprende que la conciencia no
es un final, sino un umbral. La conciencia reveló, iluminó, ordenó… pero ahora
algo más profundo comienza a moverse: una fuerza que no observa, sino que transforma.
La conciencia mostró el camino, pero hay una energía que lo recorre. La conciencia nombró la verdad, pero hay un impulso que la encarna. La conciencia abrió los ojos del alma, pero hay un fuego que la pone en marcha.
Ese fuego es la emoción.
La emoción no es Sentimiento —que habita— ni voluntad —que afirma— ni intuición —que empuja—. La emoción es la corriente viva que nace cuando la conciencia toca el corazón.
Es el temblor que anuncia un cambio, la vibración que mueve lo revelado hacia la vida.
Por eso el siguiente soneto no hablará de ver, ni de saber, ni de comprender… hablará de sentir en movimiento, de esa ola interior que transforma la claridad en acción, la verdad en vida, la revelación en destino.
Ahora el poeta no solo comprende quién es: empieza a transformarse.

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