EL SENTIMIENTO QUE ME HABITA
EL
SENTIMIENTO QUE ME HABITA
El
sentimiento es llama que me habita,
un pulso que
da forma a lo que vivo;
nace después
de toda voz escrita
y es eco fiel
de todo lo que elijo.
Es una flecha
clavada en mi pecho,
corazón tras
las costillas izquierdas;
es la fuente
que da inicio a mis versos,
la vida que
me alienta y me da fuerzas.
Dos ángeles
custodian lo que siento,
llaves de lo
que debe ser un templo;
las guarda el
cielo y son su pensamiento.
Y en ese
templo interno me contemplo,
pues cada
emoción revela mi destino:
yo soy y lo siento
cuando al fin me encuentro.
Después de
reconocer el sentimiento como llama interior —esa flecha clavada en el pecho,
esa fuente que inicia los versos— el poeta comprende que no basta con sentir:
hay algo más profundo que empieza a despertar.
La voz enseñó, la intuición empujó, el instinto sostuvo, la
voluntad afirmó, y el sentimiento dio calor a todo lo vivido. Pero ahora surge
una fuerza distinta, más silenciosa y más alta: la conciencia.
El sentimiento vibra, pero la conciencia observa. El
sentimiento arde, pero la conciencia ilumina. El sentimiento habita, pero la
conciencia revela.
Es ella quien mira desde dentro, quien une todas las fuerzas
anteriores y les da sentido. Es la que entiende por qué la voz habla, por qué
la intuición empuja, por qué el instinto protege, por qué la voluntad elige y
por qué el sentimiento tiembla.
Por eso el siguiente soneto no nacerá del impulso ni de la
emoción, sino de esa claridad interior que no juzga, no empuja, no ordena: solo
revela.
Ahora el poeta no solo siente quién es: empieza
a comprenderlo.
El sentimiento
le ha mostrado quién es cuando se encuentra, pero aún queda una fuerza más
alta, más silenciosa, más lúcida, que observa todo desde un lugar donde no hay
ruido ni impulso: la conciencia.
La conciencia no empuja como la intuición, no protege como el
instinto, no elige como la voluntad, ni vibra como el sentimiento. La
conciencia revela.
Es la luz que cae sobre cada emoción y la vuelve
comprensible. Es el espejo donde el alma se mira sin máscaras. Es la claridad
que ordena lo vivido y lo convierte en verdad.
Después de habitar el sentimiento, el poeta siente que algo
se abre dentro: una mirada interior que no juzga no exige, no hiere… solo
ilumina.
Por eso el siguiente soneto no nacerá del fuego del pecho,
sino de esa luz profunda que observa desde el centro del ser. Ahora el poeta no
solo siente quién es: empieza a comprenderlo.

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