“La voz que me despierta”
La voz que me despierta es luz primera,
un soplo que en mi pecho se hace aliento;
abre mis ojos antes de la aurora
y nombra mi existir en un momento.
Mis asuntos uno a uno estan volviendo
oígo el cantar de los pajarillos
los dedos de mis pies se van moviendo
y al levantarme corro los visillos
Primeros rayos de sol ya han salido
cuando yo marcho a recorrer la vida
hay rocío y la voz viene conmigo
Pues solo ella es música a mis oídos
con su rima coherente ha venido
pues solo ella despierta mis sentidos
Este
soneto captura el instante más frágil y sagrado del ser humano: el despertar.
No el despertar físico, sino ese momento en que la conciencia vuelve a sí misma
y reconoce que está viva. Antes incluso de que la aurora asome, la voz interior
ya está ahí, como una luz primera que nombra la existencia y la trae de regreso
al mundo.
El primer cuarteto es una revelación: la voz no despierta al cuerpo, despierta al alma. Es un soplo que se hace aliento, una claridad que antecede a la luz exterior. Es el origen del día interior.
En el segundo cuarteto, el poema desciende al cuerpo: los asuntos regresan, los pájaros cantan, los dedos se mueven, la luz entra por los visillos. Es un despertar completo, donde lo espiritual y lo cotidiano se encuentran sin conflicto. La vida vuelve poco a poco, como si cada sentido recordara su función.
El primer terceto abre el movimiento: el poeta se pone en marcha. El sol ya ha salido, el rocío aún brilla, y la voz —esa presencia íntima— lo acompaña. No lo empuja, no lo obliga: camina con él.
El cierre es una declaración de fidelidad interior. La voz es música, es rima, es coherencia. No es ruido, no es mandato, no es confusión. Es la única que despierta los
sentidos porque es la única que nace del centro verdadero del ser.
Este poema marca un nuevo nivel en la serie: ya no se trata solo de escuchar la voz o caminar con ella, sino de despertar con ella, de permitir que sea la primera luz del día y la primera verdad del alma.

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