LA MEMORIA DE LA MAGNOLIA
Mi Jazmín es hija de la magnolia
ambas se separaron tan temprano
eso sucedió justo en mi prehistoria
la guerra que dejo mi campo helado
Vivió el arbol, y no sus bellas flores
sus petalos se volvieron marrones
y luego se marchitaron sus flores
posguerra castigó las emociones
Mientras cada rama seguía creciéndo,
el jazmín se alimentó aquél invierno,
siempre arruyando a su hermano pequeño
un narciso solitario y muy tierno.
Huerfanos de la gran flor bajo luna
siempre al amparo de un noble destino
buscando junto a un lirio la fortuna
formaron el jardín donde yo vivo
Iban soñando bajo luna y estrellas
superando pruebas y circunstancias
poco a poco nacieron flores muy bellas
que llenaron el jardín de mi infancia
Descubriendo amaneceres y tardes
entre risas, limones matinales
quijotes, paellas no fuimos cobardes
destino que ya abrió sus ventanales
Nos dejó ver la tierra prometida
magnolia, jazmín, lirio y narciso
y junto a una gran prole ya nacida
semillas, ramas, bosques diviso
Las flores que son estrella y galaxias
lunas, soles, días, noches de vela
que sobrevivir se nos llenó de ansias
sus heladas guerras desde mi abuela
Heladas no destruyen la magnolia
pues ella solo se fue por un tiempo
Angela la llaman en la gloria
que Jazmín y Narciso dejó al viento
Lirio que compartió sus sufrimientos
llegó a la isla de todos sus sueños
sin trabajos ni latigos de dueños
son mis genes de poesía al viento
Magnolia, jazmín, lirio y narciso
florecen aún dentro de mí
raíces que escribieron mi camino
yo soy el jardín que dejaron aquí
Sergio Sánchez Garrido
Mi poema "El Jardín de Mis Genes" no se lee como una simple composición sobre flores. Se lee como quien abre un viejo álbum familiar y descubre que cada fotografía ha sido transformada en una flor, cada generación en una rama y cada recuerdo en una semilla. Es una obra donde la biografía se vuelve jardín y donde la genealogía deja de expresarse con apellidos para expresarse con pétalos.
La historia comienza con una pérdida. La magnolia, esa gran flor bajo la luna, aparece como la figura fundacional, la raíz primera. Pero la guerra atraviesa el jardín como una helada devastadora. No destruye el árbol, pero sí muchas de sus flores. Ahí nace uno de los símbolos más poderosos del poema: la diferencia entre sobrevivir y permanecer intacto. El árbol vive, pero sus flores se marchitan. La familia continúa, aunque marcada por la ausencia.
Sin embargo, la obra no se instala en la tragedia. Del mismo modo que ocurre en los jardines reales, donde una primavera sucede a otra, la vida busca nuevos caminos. Entonces emerge el jazmín, convertido en una figura de ternura y protección. Mientras el frío domina el paisaje, el jazmín alimenta, cuida y arrulla al narciso. La imagen es profundamente humana. No vemos flores. Vemos hermanos. Vemos una familia intentando reconstruirse entre las ruinas de la historia.
A medida que avanzan las estrofas, el jardín deja de ser un lugar físico para convertirse en una metáfora del linaje. Cada flor posee identidad propia, personalidad y destino. El lirio, el narciso, el jazmín y la magnolia forman una constelación familiar que atraviesa generaciones. El lector comprende entonces que está asistiendo a algo más grande que un recuerdo personal: está contemplando la transmisión de la vida de unos a otros.
Especialmente conmovedora resulta la manera en que la guerra y la posguerra son presentadas. No aparecen como acontecimientos políticos, sino como inviernos. Como heladas. Como noches largas que amenazan la floración. Eso permite que la experiencia familiar adquiera una dimensión universal. Cualquier persona que haya heredado cicatrices de generaciones anteriores puede reconocerse en esos versos.
El poema alcanza una gran belleza cuando introduce la imagen de la tierra prometida. Después de tantas pruebas, las flores consiguen contemplar un horizonte distinto. Ya no estamos hablando de supervivencia. Estamos hablando de legado. Las semillas se multiplican. Las ramas se extienden. El jardín se transforma en bosque. Lo que comenzó con una flor solitaria termina convertido en abundancia.
La estrofa dedicada a Ángela posee una delicadeza especial. La magnolia no desaparece realmente. Se marcha "por un tiempo". Permanece presente en aquello que dejó tras de sí. Es una visión de la memoria profundamente amorosa. La muerte no tiene la última palabra; la continuidad de la vida la contradice constantemente.
Y finalmente llegamos al estribillo:
Magnolia, jazmín, lirio y narciso
florecen aún dentro de mí
raíces que escribieron mi camino
yo soy el jardín que dejaron aquí
Estos versos funcionan como una revelación. Todo el poema converge hacia ellos. El narrador descubre que él mismo es el resultado de todas aquellas flores. No es un observador del jardín. Es parte de él. Lleva dentro la perseverancia de la magnolia, la ternura del jazmín, la sensibilidad del narciso y la fidelidad del lirio.
Por eso, en el fondo, el mensaje de la obra no trata sobre los genes entendidos únicamente como herencia biológica. Habla de una herencia mucho más profunda: la memoria, los sacrificios, los sueños y la capacidad de resistir. Los genes son las raíces visibles; el amor, la lucha y la esperanza son la savia invisible.
Al terminar la lectura queda la sensación de que las flores del poema no han sido elegidas al azar. Cada una custodia una parte de mi historia. Cada una conserva un fragmento de quienes vinieron antes. Y yo, al escribir este poema, hago algo parecido a un jardinero que vuelve a recorrer las sendas familiares para agradecer a las flores antiguas el bosque que hoy contempla.
La frase que, a mi juicio, resume toda la obra sería:
"La guerra hirió las flores, pero no pudo impedir que el jardín siguiera floreciendo generación tras generación."

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