LA HUERTA Y MI PENSAMIENTO

 

LA HUERTA Y MI PENSAMIENTO


 — Relato biográfico de Sergio Sánchez Garrido

Había una vez un niño en cuya primera escuela no tenía pupitres nuevos ni paredes blancas, me recuerdo asustado yo era muy pequeño.
Mi escuela era una huerta: una casa vieja, dos vacas, un patio de tierra y una higuera que cada verano ofrecía sus brevas como si fueran pequeños milagros.
Allí aprendí a mirar el mundo antes de que nadie intentara explicármelo.

La señorita Lourdes, con más de sesenta años y los nervios gastados por una vida que nunca fue fácil, intentaba enseñar a todos con un solo libro: la Enciclopedia Álvarez, tan concentrada como la leche en polvo que repartían a los niños.
En aquella España, pensar por cuenta propia era casi un acto de rebeldía, y la escuela parecía más preocupada por el orden que por la libertad.

Pero la verdadera escuela del niño no estaba entre aquellas páginas.
Estaba fuera, entre vacas y gallinas, en el olor de la tierra mojada, en el silencio de la higuera, en la luz que caía sobre la huerta como una bendición.
Allí, sin que nadie lo supiera, crecía su pensamiento.

Un día, aquél niño (yo) y mi amigo Antoñito fuimos castigados al cuarto de los ratones.
Teníamos solo cinco años (era una celda con ratas me acuerdo muy bién).
Lloramos, temblamos, vimos las ratas correr entre los sacos, pero algo dentro de nosotros resistió.
Era la posguerra, y el hambre enseñaba más que los maestros.
Aun así, sobrevivimos.
Ganamos aquella pequeña batalla sin saber que estaban entrenándonos para todas las demás.

En el recreo nos soltaban como si fuesemos animales, y yo y mi amigo escapabamos entre gallinas y vacas, corriendo hacia el campo abierto, hacia el arroyo donde jugabamos con tortugas y ranas.
Allí eramos libres.
Allí no existían castigos ni golpes ni libros que pesaban más que la infancia.

Pero la libertad duró poco.
Me enviaron a una escuela concertada, llena de curas, iglesias y fachadas solemnes.
Tenía cinco años y diez meses cuando la vida volvió a golpearme.
No sabía aún el libro de Álvarez, y eso bastaba para ser castigado.

Aprendí a hablar con la autoridad, aunque la autoridad nunca quiso escuchar mi verdad.
Ni los golpes ni el miedo lograron cambiarme.
Había algo en mí —una llama, una raíz, un pensamiento— que no se dejaba apagar.

Un día me castigaron con las manos abiertas, cargadas con enciclopedias.
Aguanté como un hombre, aunque era solo un niño.
Y cuando por fin pude volver a la huerta, vi de nuevo las vacas, la higuera, las brevas, la encina, los barrotes del cuarto de ratas.
Todo seguía allí, como si me estuviera esperando.

Entonces comprendí algo que cambiaría mi vida para siempre:

La huerta había sido mi verdadera escuela.
No el libro.
No los golpes.
No el miedo.

La huerta me enseñó a pensar.
La huerta me enseñó a ser libre.
La huerta me enseñó que la vida puede ser dura, pero también generosa.
Que la dignidad no se aprende en un aula, sino en el alma.
Que el pensamiento libre es un tesoro que nadie puede arrebatar.

Y así, con los años, aquel niño se convirtió en un hombre que ama los libros que no pesan, las ideas que vuelan, la libertad que nace en silencio.
Un hombre que sabe que la vida es como una huerta concentrada: dura, fértil, áspera, luminosa.
Un hombre que nunca olvidó que su pensamiento empezó a crecer entre vacas, gallinas, ranas, ratas, hambre, higuera y cielo.

Un hombre que, pese a todo, no se torció.


LA HUERTA Y MI PENSAMIENTO

Una huerta era mi primera escuela

era una vieja casa con dos vacas

mis compañeros, recuerdo sus caras

en el patio una higuera con sus brevas


La señorita Lourdes muy nerviosa

mas de sesenta años, ya no la juzgo

tiempo difícil hoy yo lo deduzco

tal vez dejó toda  su vida hermosa


Para enseñarnos con un solo libro

enciclopedia Álvarez, concentrada

como la leche en polvo que nos daban

que el libre pensamiento era un peligro


La huerta fue mi escuela no su libro

ni el hambre ni los golpes me torcieron,

mis sueños en silencio me crecieron,

ser libre y pensar no es ningún peligro


Ábrete paso entre vacas y gallinas

tu busca tus sueños y mira al cielo

luego sufre si hace falta sin miedo

pero que nadie te amargue la vida


A Antoñito y a mí un día castigaron

al cuarto de ratones y lloramos

ví ratas y con cinco años luchamos

contra el hambre de posguerra y ganamos


A la hora del recreo nos soltàron

entre vacas y gallinas escapamos

y luego a campo abierto nos mudamos

pero en el arroyo nos encontraron


La huerta fue mi escuela no su libro

ni el hambre ni los golpes me torcieron,

mis sueños en silencio me crecieron,

ser libre y pensar no es ningún peligro


Ábrete paso entre vacas y gallinas

tu busca tus sueños y mira al cielo

luego sufre si hace falta sin miedo

pero que nadie te amargue la vida


Jugando con las tortugas y ranas

allí libres de castigos cada mañana

me apuntaron a una escuela concertada

llena de curas e iglesias de fachada


Cinco años y diez meses y otra vez

otra vieja escuela me ha golpeado

ayudan mis hermanos acorazados

es que aun yo no me aprendí el libro de Álvarez


Aprendí a hablar con la autoridad

aunque ellos no escuchen mi verdad

ni castigo ni golpe me van a cambiar

hambre y leche en polvo no venceran


Me castigaron con manos abiertas

cargadas de la dichosa enciclopedia

yo aguanté como un hombre aquel día

mi vieja escuela estaba de puertas abiertas


Yo volví a ver sus vacas y gallinas

su casa, su higuera y comí sus brevas

y vi los barrotes que de hierro eran

cuarto de ratas y la vieja encina


La vida es como huerta concentrada

como escuelas e Iglesias de fachada

pensamiento libre allá donde vayas

amo libros que no me pesan nada


La huerta fue mi escuela no su libro

ni el hambre ni los golpes me torcieron,

mis sueños en silencio me crecieron,

ser libre y pensar no es ningún peligro


Abrete paso entre vacas y gallinas

tu busca tus sueños y mira al cielo

luego sufre si hace falta sin miedo

pero que nadie te amargue la vida

SERGIO SÁNCHEZ GARRIDO

🌿 COMENTARIO COMPLETO DE “LA HUERTA Y MI PENSAMIENTO”

1. El escenario: la huerta como primera patria

Mi poema abre con una imagen que es casi un mito personal: una huerta, dos vacas, una higuera, un patio. Ese lugar no es solo un espacio físico: así fue mi primera escuela real, la que te enseñó antes que cualquier libro.

La huerta es:

  • mi refugio,

  • mi libertad,

  • mi origen,

  • mi resistencia,

  • mi pensamiento.

La huerta es mi madre pedagógica, la que te enseñó a mirar, a sobrevivir, a pensar.

2. La escuela oficial: miedo, castigo y silencio

La figura de la señorita Lourdes, la Enciclopedia Álvarez, la leche en polvo, los castigos, el cuarto de ratas… Todo eso representa la España de la posguerra, donde la educación era:

  • memorística,

  • autoritaria,

  • religiosa,

  • castigadora,

  • y profundamente desconfiada del pensamiento libre.

Mi poema no acusa: comprende. Eso lo hace más grande.

3. El niño que resiste

Hay un niño de cinco años que lucha contra ratas, hambre, golpes, castigos, curas, libros que pesan más que enseñan.

Ese niño no se rinde. Ese niño piensa. Ese niño escapa. Ese niño se defiende. Ese niño sobrevive.

Este poema es un homenaje a ese niño que fuiste y que sigue vivo en mi.

4. El estribillo: la libertad como herencia

Cuando repites:

“La huerta fue mi escuela no su libro ni el hambre ni los golpes me torcieron, mis sueños en silencio me crecieron, ser libre y pensar no es ningún peligro”

estoy diciendo algo enorme:

  • que mi pensamiento nació fuera del aula,

  • que ni libertad no me la dio nadie,

  • que mi dignidad no me la pudieron quitar,

  • que mi mente es mía, no del sistema.

Este estribillo es tu manifiesto vital.

5. La huerta como lugar de revelación

Las tortugas, las ranas, el arroyo, las gallinas, las vacas… Todo eso no es zoología: es teología de la libertad.

La naturaleza me enseñó lo que la escuela no podía:

  • a observar,

  • a imaginar,

  • a jugar,

  • a pensar,

  • a ser yo.

6. El regreso final: cerrar el círculo

Cuando vuelvo de adulto a la huerta, a la higuera, a las brevas, a la encina, a los barrotes… no vuelvo para llorar: vuelvo para reconocer quién soy.

La huerta no es nostalgia: es identidad.

🔥 EL MENSAJE PROFUNDO DEL POEMA

El mensaje que late detrás de “La huerta y mi pensamiento” es este:

Que la verdadera libertad nace en el interior, incluso cuando todo alrededor intenta apagarla. Que un niño pobre, castigado, hambriento y asustado puede convertirse en un hombre libre si aprende a pensar por sí mismo. Que la naturaleza educa mejor que el miedo. Que la dignidad no la da la escuela, sino el alma. Que la huerta —mi huerta— fue tu primer acto de resistencia.

Este poema dice que la libertad no se enseña: se descubre. Y que yo la descubrí entre vacas, gallinas, ranas, ratas, hambre y una higuera que me dio sombra y dulzura, con solo 5 años.

Es un poema sobre:

  • la infancia herida,

  • la educación que no educa,

  • la libertad interior,

  • la resistencia silenciosa,

  • y la victoria del pensamiento propio.

Es, en el fondo, mi evangelio personal de la libertad.


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