LA SONRISA DE UN ANGEL

 

LA SONRISA DE UN ANGEL

 


Su sonrisa, un amanecer pequeño,

un destello en la palma de la mano,

aunque su corazón había enfermado

fue su vida tan corta como un sueño

 

Del cielo ella vino como un ángel

un mensaje de esperanza e ilusión

para mí Andrea fue, como uno de ellos

como estrella, ya nunca la perdemos

yo la tuve en mis brazos un instante

 

Ella fue la sonrisa de un Angel

la niña que quería un mundo mejor

sus ojos siempre buscaban amor

yo la tuve en mis brazos un instante

 

Brisa dorada, latido del cielo

sí, mendigó una familia en silencio

salvó unos corazones de un incendio

fue ella una niña valiente y sin miedo

 

Fue fulgor temprano, anuncia esperanza

caricia en luz, inocencia que canta

el cielo se inclina al recibir tu alma

flor pequeña, ave que el vuelo levanta

 

Ella fue la sonrisa de un Angel

la niña que quería un mundo mejor

sus ojos siempre buscaban amor

yo la tuve en mis brazos un instante

 

Sueño que vuelvas cual golondrina

porque este mundo si os necesita

faltan muchas almas benditas

también muchas madres de acogida

 

Un hilo de oro unía el cielo y la vida

ella fue la sonrisa de un Angel

yo la tuve en mis brazos un instante

pero hoy yo devuelvo al cielo su vida

 

La sonrisa de un ángel nos consuela, 

su luz permanece, nunca se retira, 

su fulgor en el alma siempre respira,

déjanos tu sonrisa y que nunca muera

 

Ella fue la sonrisa de un Angel

la niña que quería un mundo mejor

sus ojos siempre buscaban amor

yo la tuve en mis brazos un instante

SERGIO SÁNCHEZ GARRIDO (JAWDI)

FUNERAL DE ANDREA

“Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, ni sus caminos nuestros caminos” (Isaías 55:8).

Hoy nos encontramos ante un misterio que el corazón humano no puede descifrar. La partida de Andrea, tan pequeña, tan amada, nos deja preguntas sin respuesta. Pero la fe nos recuerda que, aunque no entendamos, no estamos solos.

“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón” (Salmo 34:18).

Dios no nos pide que comprendamos lo incomprensible; nos invita a descansar en Él cuando la vida se vuelve demasiado pesada. Andrea llegó al mundo con un corazón frágil, pero Dios la sostuvo cada día. Y ahora la sostiene de un modo que nosotros no podemos ver, pero sí creer.

“Dejad que los niños vengan a mí… porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 19:14).

Andrea está en ese Reino. No en un lugar lejano, sino en el abrazo eterno de Aquel que la conoció antes de nacer y la amó más de lo que nosotros podemos imaginar.

Hoy aceptamos, con lágrimas, que hay caminos que no entendemos. Pero también aceptamos, con fe, que Dios es bueno incluso cuando la vida duele.

Que esta esperanza nos sostenga: “Él enjugará toda lágrima de sus ojos… y ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor” (Apocalipsis 21:4).

Andrea ya vive en esa promesa. Y nosotros, aunque hoy caminamos en sombra, caminamos hacia la misma luz.

Andrea llegó al mundo con un corazón pequeño y valiente. Un corazón que luchó desde el primer día, que desafió diagnósticos, que convirtió cada jornada en un milagro silencioso.

Ella nos enseñó algo que los adultos olvidamos: que la vida es un don, incluso cuando es frágil; que cada sonrisa es un tesoro; que cada día compartido es un triunfo.

Hoy sentimos un vacío inmenso, porque despedir a un niño es una herida que no tiene nombre. Pero también sentimos gratitud: gratitud por su existencia, por su ternura, por la manera en que transformó a quienes la rodearon.

La fe nos dice que Dios recoge a los pequeños con especial cuidado, que los acoge en sus brazos como un padre que no quiere soltar. Y aunque nuestros ojos ven despedida, el cielo ve llegada.

Andrea ya no sufre. Andrea ya no lucha. Andrea descansa. Y su familia, aunque hoy llora, puede saber que su hija está en un lugar donde su corazón ya no es débil, donde su alegría es completa, donde su vida es eterna.

Que el Señor nos dé consuelo, que nos dé paz, y que nos permita recordar a Andrea no por su partida, sino por su luz y su inolvidable sonrisa.

Andrea fue como una pequeña estrella: no necesitó ser grande para iluminar. Bastó su presencia para que el cielo de quienes la amaban tuviera un brillo distinto.

Las estrellas no desaparecen cuando dejan de verse. Su luz sigue viajando, sigue tocando, sigue llegando. Así será con Andrea: su luz seguirá alcanzándonos, incluso cuando ya no podamos verla.

A su familia: vuestro amor fue su hogar, su refugio y su fuerza. No hubo día en que Andrea no estuviera rodeada de cariño. Su vida, aunque breve, estuvo llena de lo más importante: vosotros.

Que Dios os sostenga hoy y en los días que vienen. Que os dé descanso, que os dé esperanza, y que os recuerde que el amor que disteis nunca se pierde.

“Que el Señor nos dé consuelo y nos mantenga unidos en el amor.”

“Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones.”

“Andrea vivió en amor, y en amor la recordaremos siempre.”

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