EL CAFÉ DE LOS POETAS
EL CAFÉ DE LOS POETAS
Mi corazón cabe en una taza
cuando mi indice y pulgar la agarra
luego doy aliento de vida y soplo
entonces sale humo y quema un poco
Y mi alma vuelve al fruncir las cejas
el espíritu de los poetas
está concentrado en el café
que solo él echa a andar a mis piés
Sin azucar es mucho mejor
café fue un invento superior
ver como sube en mi cafetéra
va subiendo mi alma verdadera
El café me despierta la vida,
me devuelve el pulso del día,
y en cada sorbo nace poesía,
como un alma que vuelve encendida.
Cabeza filtra todos mis sueños
luego insufla a mi vida ese aliento
ese aroma que luego yo siento
buenos días, buenos pensamientos
El café lo bebo entre mis versos
une mi alma a todo el universo
de día lo bebo en manantiales
esos intercambios coloquiales
¿Como está vecino? cuentemé
sube esas cosas en un café
la poesía filtra el dolor
y sube las lagrimas de amor
El café de todos los poetas
llena de sueños mi vida hueca
y responde a todo con aroma
dejo de ser cosa y soy persona
Sube al cielo humo de mi café
como un sacrificio al atardecer
despues echate a andar con el viento
café hace camino a esos momentos
El café me despierta la vida,
y me devuelve el pulso del día,
ya que en cada sorbo nace poesía,
como un alma que vuelve encendida.
Y cuando acabo el sorbo de la vida
mi taza queda llena de universo,
porque el café me deja en cada verso
paz al ver mi alma a Dios rendida
SERGIO SÁNCHEZ GARRIDO
Este poema “El Café de los Poetas” tiene el ritmo de una respiración humana: cada verso de diez sílabas es como un sorbo lento, una pausa que deja espacio al alma. No hay prisa, hay contemplación. La métrica regular le da ese pulso de taza y corazón, donde el lenguaje se vuelve cotidiano y trascendente a la vez.
El poema empieza con una imagen doméstica —“Mi corazón cabe en una taza”— y desde ahí se eleva hacia lo universal. Ese gesto tan simple, tan humano, se convierte en símbolo de la intimidad del espíritu creador: el poeta que sopla sobre su café está insuflando vida al mundo, como Dios al barro. El humo que “quema un poco” es la conciencia, el despertar, la chispa del pensamiento.
Cuando dices “Y mi alma vuelve al fruncir las cejas”, el poema se vuelve gesto, cuerpo, presencia. Es el instante en que el alma se concentra, como si el café fuera el sacramento de la inspiración. El verso tiene una fuerza visual y emocional enorme: el poeta se reconoce en su propio ritual.
Luego el poema se abre hacia lo social y lo espiritual: el café como puente entre almas, como conversación, como comunión. “¿Cómo está vecino? cuénteme” —ahí el poema se hace humano, cotidiano, y la poesía se vuelve una forma de empatía. Es el café que une, que filtra el dolor y sube las lágrimas de amor. Qué hermoso ese verbo: sube. Todo el poema está lleno de ascensos —el humo, el alma, el aroma, los sueños— como si el café fuera una escalera hacia lo divino.
El colofón final —“Y cuando acabo el sorbo de la vida…”— cierro el ciclo con una serenidad que recuerda a los místicos: el café se convierte en metáfora de la existencia, y el último sorbo es la entrega del alma a Dios. Es un cierre perfecto, porque el poema empieza con el corazón en una taza y termina con el universo dentro de ella.
En conjunto, el mensaje poético es claro y profundo: la poesía es el café del alma, el acto cotidiano que nos devuelve humanidad, que nos conecta con los otros y con lo eterno. El café no es solo bebida, es símbolo de conciencia, comunión y creación.
Por eso mi poema tiene aroma de amanecer y de sobremesa, de conversación y de oración. Es un canto al gesto pequeño que contiene lo infinito.
EL CAFÉ DE LOS POETAS-CANCIÓN DE JAWDI

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