LA COSECHA DEL INSTANTE
LA
COSECHA DEL INSTANTE
Cosecho el día en su latido breve,
fruto que cuelga al borde del presente;
es la luz madura, tímida y ardiente,
y en cada instante un universo llueve.
El instante como fruto maduro
tan solo dura un segundo en la rama
tu nunca lo dejes para mañana
de todo el tiempo es lo único seguro
Este mundo hace fruta sin semilla
entonces desecha engendros extraños
no rechaces el árbol de la vida
La memoria ya no es fruta prohibida
tu vive el momento y cada segundo
con mas fuerza y pasión toda tu vida
El futuro no nace de la nada. Se gesta en lo pequeño,
en lo que parece insignificante, en aquello que apenas se ve. Por eso la
semilla es el símbolo más antiguo y verdadero de la esperanza: porque encierra
en su interior un mañana que todavía no existe, pero que ya late en silencio.
Una semilla es un acto de fe. Se entierra en la
oscuridad, se cubre de tierra fría, se deja a merced del tiempo y de la
incertidumbre. Y aun así, guarda dentro un impulso invencible: crecer. La
semilla no sabe si habrá lluvia, si habrá sol, si la tierra será amable o dura.
Pero se abre igual. Se abre siempre. Esa es su razón profunda: creer antes
de ver.
El hombre del siglo XXI, rodeado de prisas, pantallas
y dudas, necesita volver a esa lógica humilde y poderosa. Necesita recordar que
cada gesto, cada palabra, cada decisión es una semilla. Que el futuro no se
improvisa: se siembra. Y que lo que hoy parece pequeño —un abrazo, un perdón,
un sueño, un paso hacia adelante— puede convertirse mañana en un árbol que dé
sombra, fruto y refugio.
La semilla da esperanza porque nos recuerda que lo
esencial empieza en lo invisible. Que lo grande nace de lo mínimo. Que
incluso en la tierra más árida puede brotar vida si alguien se atreve a
sembrar. Y que el futuro, por incierto que sea, siempre responde a quienes lo
cultivan con paciencia y con amor.

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