EL CABALLO DEL TIEMPO
Dime tu, reloj ¿Por qué corres tanto?
huyo por qué no quiero que me alcances
tu nunca me dejas hacer balances
porque hoy todo lo pagamos a plazos
Es el tiempo como viento invisible
y son los temores como un erizo
todo sucede siempre en lo inprevisto
solo para avatares es posible
el tiempo es un caballo desbocado
Ya me inunda como rio desbordado
pero yo soy solo un suspiro eterno
figuro como un espejo quebrado
El tiempo, ese caballo desbocado que nunca se detiene, nos ha mostrado ya su rostro más feroz. En el soneto anterior, la prisa del reloj y el vértigo de los días se convirtieron en metáforas de un mundo que corre sin mirar atrás. Pero después de reconocer esa velocidad que nos arrastra, surge la necesidad de preguntarnos: ¿qué queda en el alma cuando todo pasa demasiado rápido?
Las almas modernas viven entre la urgencia y la espera. Corremos detrás de metas que cambian cada día, nos dejamos arrastrar por la inmediatez de lo digital, y a veces olvidamos que la vida no se mide en balances ni en plazos, sino en instantes que merecen ser habitados. El hombre del siglo XXI no solo teme al paso del tiempo, sino a la sensación de que nunca alcanza, de que todo se escapa antes de ser vivido.
Por eso, el próximo soneto debe ser un espacio de pausa, un intento de detener el caballo del tiempo aunque sea por un momento. No para negar su carrera, sino para aprender a mirarlo de frente. La poesía, con su ritmo medido y su forma clásica, se convierte en resistencia: un recordatorio de que aún podemos nombrar lo que se nos escapa, que aún podemos dar sentido a lo fugaz.
Así, tras “El caballo del tiempo”, se abre la puerta a un nuevo poema que hable de la memoria y el instante, de cómo el hombre moderno busca eternidad en lo efímero, y de cómo la palabra poética puede transformar la velocidad en contemplación.

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