LA MENTIRA ENMASCARADA

 


LA MENTIRA ENMASCARADA

¿Quién se sentó en el trono de tu pecho,

qué voz gobierna el pulso de tu vida?

¿Quién dicta tu alegría o tu caída

y qué rey oculto ocupa tu derecho?


De todos mis anhelos era rey;

luego abrí la habitación de mis sueños:

guardaba mis tesoros, yo su dueño,

y en toda mi existencia impuse ley.


Miré hacia las estrellas y hacia el cielo,

vi anhelos y visiones que caían

como la viruta del carpintero.


Cuando el cofre de mis sombras fue abierto;

yo fui poeta del alma despierto,

pero ciego y sordo ante el firmamento.


Tú, ¿qué temes oír a su llamado?,

qué luz rechaza el eco de tu herida.

Por qué te asusta aquello que da vida

si es su palabra quien te ha iluminado.


Fui poeta del alma enamorado;

mis habitaciones yo las cerraba,

y a mis invitados yo los llamaba

deseos, sueños siempre enmascarados.


A mí nunca me urgió cambiar los nombres

en tanto que mi interior se habitara:

yo era el rey, mas renovaba a mis condes.


Doy gracias al Carpintero de mi alma,

agradezco su gubia bien templada;

soy poeta que en su luz halla calma.

SERGIO SÁNCHEZ GARRIDO (JAWDI)

Cuando el alma reconoce quién ocupaba su trono y se atreve a abrir la habitación que llevaba años cerrada, no llega inmediatamente la libertad. Primero llega el temblor.

Porque al abrir puertas y destronar reyes falsos, la verdad empieza a hablar, y la verdad —cuando es verdadera— no siempre dice lo que uno quiere escuchar. A veces revela heridas que se creían curadas, otras veces muestra máscaras que uno llevaba con orgullo, y casi siempre señala la mentira que uno repite para no mirar lo que duele.

El corazón humano puede ser profundo, sensible, poético, pero también es hábil para disfrazar deseos, para renombrar sombras, para justificar viejos hábitos con palabras nuevas. Por eso la lucidez interior, sin un modelo celestial, termina siendo solo un espejo más pulido donde el yo se contempla a sí mismo.

La siguiente pregunta no busca herir, busca despertar. Quiere saber qué verdad te asusta y qué mentira sigues alimentando aunque ya no te sostenga. Porque mientras la mentira tenga voz, la verdad no tendrá espacio.

El Carpintero no entra para humillar, entra para revelar. Su gubia no destruye: abre, limpia, endereza. Y cuando Él habla, el poeta descubre que su claridad interior no era suficiente, que su corazón —sin la luz de arriba— seguía engañándolo con suavidad.

Solo entonces comienza la calma verdadera.

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