CANCIÓN EN EL DESIERTO
Se que no traje canción al desierto,
fue en el desierto donde me nació.
Es allí, donde el silencio respira,
donde yo volví a oir la voz del amor
Entonces no es un lugar de castigo
y para mi fue otra oportunidad
en el desierto yo habria de clamar
allí yo podia encontrarme contigo.
Es la zona de la buena palabra
en "Elin" de las setenta palmeras
fue "Sin" espejo que dijo quien yo era
despues el "Sinaí" donde Dios me habla
Aunque conocí el amor y la entrega
en "Egipto" olvidé mi compromiso
de la ley de mi Dios y lo que Él dijo
lo vi solo como amo y mi esposo era
Entonces en el desierto no hay idolos
yo tampoco encontré ningun amante
Elím me fue a mi hermoso y resfrescante
y luego en el desierto, yo y Dios solos
Allí ya sin ruido ni distracciones
estando ya en modo supervivencia
recuperé corazón y conciencia
amor de mi juventud y emociones
Fue el desierto lugar de reconquista
me llevo y me salvó de mi traición
no señores, Dios no me abandonó
desierto fue su estrategia prevista
Que ya Dios no es mi amo sino mi amado
el immaduro rechaza el desierto
y tu no estés en Elím todo el tiempo
sin el Sinaí no seras cambiado
Solo el Sinaí es un lugar de espinas
donde se llega al proposito divino
es la cruz la que nos muestra el camino
el desierto un lugar de encuentro y vida
Y allí mi alma aprendió a ser sincera,
pues solo en lo árido nace la verdad;
cuando se quiebra el orgullo y la ansiedad,
renace el corazón como en primavera.
Por eso alzo mi canto agradecido,
porque el desierto fue mi bendición;
allí escuché de nuevo Su canción,
y en Su voz encontré mi nuevo sentido.
“El cántico que nace antes del Sinaí”**
Mi poema es un viaje. No un viaje geográfico, sino un viaje del alma. Cada estrofa es un paso, cada imagen un movimiento interior, cada referencia bíblica un espejo donde el lector puede verse.
El camino comienza en Elím, pasa por Sin, y culmina en Sinaí, pero lo más hermoso es que el cántico no nace en Sinaí. Nace antes, en el desierto. Nace cuando todavía no hay revelación, ni ley, ni monte santo. Nace cuando solo hay silencio.
Ese es el corazón de mi poema.
1. Elím — El lugar donde la fe descansa, pero no madura
En mis versos, Elím aparece como lo que realmente es: un oasis, un regalo, un respiro.
Elím representa la etapa donde el creyente inmaduro cree que la vida espiritual consiste en comodidad, sombra y agua fresca. Es la fe que disfruta, pero no profundiza. La fe que recibe, pero no responde.
Mi poema lo expresa con ternura: Elím fue hermoso, refrescante, necesario… pero no definitivo.
Elím es el punto de partida, no el destino.
2. Sin — El desierto donde la fragilidad se revela
Luego llega Sin, el desierto de la arcilla, de la vulnerabilidad, del espejo interior.
En mi poema, Sin no es un castigo. Es un descubrimiento.
Allí el alma se ve sin adornos. Allí se revela lo que uno es cuando ya no hay palmeras ni fuentes. Allí se escucha el propio corazón sin ruido externo.
El inmaduro teme Sin porque cree que Dios lo ha abandonado. Pero en este poema, Sin se convierte en el lugar donde Dios despierta la voz.
Es en Sin donde nace el clamor. Es en Sin donde el alma aprende a hablar con verdad. Es en Sin donde el creyente deja de ver a Dios como amo y empieza a verlo como esposo.
3. El cántico — La respuesta que antecede a la revelación
Aquí está la joya de mi poema.
El cántico no aparece en Sinaí. No aparece después de la revelación. No aparece cuando todo está claro.
El cántico aparece en el desierto, cuando aún no hay respuestas, cuando aún no hay dirección, cuando aún no hay monte santo.
Mi poema recoge el matiz hebreo de Oseas 2:15: ve’anetá — “responderá”, “cantará como respuesta”.
El canto no es iniciativa humana. Es respuesta a la Voz que se escucha en el silencio.
Este poema lo dice con belleza: “No traje canción al desierto, fue en el desierto donde me nació.”
Ese verso es teología pura. Es espiritualidad adulta. Es la esencia del desierto bíblico.
4. Sinaí — El lugar donde la voz se convierte en pacto
Finalmente, el camino llega a Sinaí, el monte de las espinas, el lugar áspero donde Dios habla.
Pero en mi poema, Sinaí no es un lugar de miedo. Es un lugar de propósito.
Sinaí es donde la voz que se escuchó en el desierto se convierte en palabra revelada. Donde la intimidad se convierte en pacto. Donde la fragilidad se convierte en misión.
El poema enseña que nadie llega a Sinaí sin haber pasado por Sin. Y nadie escucha a Dios en Sinaí si no aprendió a responder en el desierto.
5. La transformación final — De Baal a Ishi
Este poema culmina con la transformación más profunda:
Dios deja de ser “amo” y se convierte en “amado”.
Ese cambio no ocurre en Elím. No ocurre en Egipto. No ocurre en la ciudad.
Ocurre en el desierto.
Allí donde no hay ídolos, donde no hay amantes, donde no hay ruido, donde no hay competencia por la atención.
El desierto se convierte en estrategia divina, no para castigar, sino para conquistar.
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