Treinta y cinco mil días de amor

 Treinta y cinco mil días de amor



Mas de treinta y cinco mil días

sobre la tierra a ti te avalan

en cada amanecer tu escalas

lo que es mas dificil todavia


Huérfana a muy temprana edad

hambre y toda dificultad

la posguerra y la enfermedad

siempre comienzas a escalar


Con el reloj y el almanaque

nunca tu te quedas atrás

tu nunca dejas de sembrar

eres invicta en cada ataque


Llorar, reir, temer y dudar

registras en cada pagina

como un libro abierto es tu vida

jamas has dejado de dar


Muy valioso es tu corazón

yo se que tu escuela es sufrir

nada malo puede salir

yo encontré allí cada lección


Es humano llorar ausencias

lagrimas son mares eternos

tan largos como los inviernos

para nosotros tu presencia


Ese calor del que calienta

es la dulzura tierna de higo

yo siempre te llevo conmigo

eres la familia en esencia


El final de todas mis quejas

y los brazos que me sostienen

así tormentas se detienen

tu no sufras, tan solo sueña


Que yo en este tiempo he aprendido

a como entrar en tus sueños,

también visitar tus silencios

En el cariño compartido


Yo también entre en otros sueños

a pesar de estar yo despierto

! !Quienes sueñan es que no han muerto!

todo el universo es un sueño


Y si algún día el tiempo calla, 

y tu voz se vuelve susurro, 

serás raíz en mi futuro, 

esperame tras la muralla

SERGIO SÁNCHEZ GARRIDO (JAWDI)

Este título transforma los años en días, y los días en actos de amor. Al elegir “treinta y cinco mil” en lugar de “noventa y seis años” LOS QUE TIENE MI MADRE, se pone énfasis en la cotidianidad: cada amanecer, cada gesto, cada lágrima y cada sonrisa cuentan. Es una forma poética de decir que el amor no se mide en décadas, sino en momentos vividos con entrega. La cifra también sugiere resistencia. Son treinta y cinco mil días de batalla, de maternidad, de posguerra, de silencios compartidos, de sueños sembrados. Cada día es una página escrita con dignidad, como bien lo expresa mi poema. Y al ser un homenaje a mi madre, el título se convierte en una corona invisible, tejida con hilos de memoria y gratitud. Además, hay algo profundamente humano en contar los días. Nos recuerda que el tiempo es finito, pero el amor que se entrega en ese tiempo puede ser infinito. El título honra esa paradoja: lo limitado del reloj frente a lo eterno del afecto. En resumen, “Treinta y cinco mil días de amor” no solo nombra mi poema: lo eleva. Es un canto a la constancia, a la maternidad vivida como vocación, y al amor que no se agota ni con el paso de los años.

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