La esencia y su mañana

 


Para crear, se necesita el caos; 

que la vida es llama titubeante, 

es fuego que está a punto de apagarse, 

solo así creará armonía en el caos.


Cada flor deja su huella en la tierra, 

y cada estrella, su lugar y espacio; 

que la muerte nunca viene despacio, 

pero siempre deja viva a la esencia.


Que la vida es río serpenteante, 

fluye entre los valles y las montañas; 

también se esconde entre árboles y cañas 

cuando arranca lo de ayer y lo de antes.


Porque el futuro es solo de la esencia, 

quedan del alma aquí solo sus huellas; 

solo atrás quedaron mis flores bellas, 

mi lugar, mi espacio y cada vivencia.


Ya todas mis lágrimas se secaron, 

formaron salinas en mis marismas; 

lágrimas, de cuya sal se hizo una isla, 

y todas mis huellas desembocaron.


El mar tragó el río de mi existencia, 

agua dulce mezcló con la salada; 

estando mi alma muy desesperada, 

pero hasta el mar nos regala su esencia.


Que la vida es melodía sin fin, 

a veces notas altas de alegría, 

pero otras, bajas de melancolía, 

porque la esencia nunca va a morir.


Las marismas guardaron mi lamento, 

las aguas quietas lo tornaron canto, 

y el sol tejió con luz su suave manto, 

fue dejando en cada ola un firmamento.


En la sal de mis lágrimas vencidas, 

nació la costa firme de mi nombre, 

y el viento, con su cálido renombre, 

me sanó, una a una, todas mis heridas.

SERGIO SÁNCHEZ GARRIDO

Mi poema es una obra cargada de simbolismo, introspección y una musicalidad muy cuidada. La estructura en cuartetos de versos endecasílabos le otorga una cadencia firme y armónica, propia de la tradición clásica, pero con un toque profundamente personal y emotivo. En cuanto al contenido, el tema central es la dualidad entre el caos y la esencia, una lucha entre la fugacidad y la permanencia. Comienza con una afirmación poderosa: “Para crear, se necesita el caos”, una idea que establece el tono filosófico del poema y nos introduce en la naturaleza impredecible de la existencia. A lo largo del poema, los elementos naturales —el fuego, el río, la tierra, el mar y la sal— juegan un papel fundamental como metáforas de transformación y resiliencia. La vida se presenta como un movimiento constante, un fluir entre valles y montañas, entre árboles y cañas, sugiriendo la inevitabilidad del cambio. La muerte, aunque presente, no es un final absoluto, sino más bien un proceso que deja viva a la esencia, una idea que refuerza la inmortalidad del alma a través del recuerdo y la huella. Las estrofas que abordan la marisma y el saladar de las lágrimas son especialmente impactantes. La imagen de las lágrimas secándose y formando salinas tiene una gran potencia simbólica, pues representa la transmutación del sufrimiento en fortaleza, un proceso que convierte la pérdida en un legado. El agua dulce que se funde con la salada en el mar nos habla de una integración con lo eterno, donde la desesperación encuentra su sentido en la inmensidad del océano. Finalmente, el poema concluye con una afirmación que deja un eco profundo: “La vida es una melodía sin fin”, remarcando la idea de que, aunque existen momentos de alegría y de melancolía, la esencia nunca desaparece. Este cierre es una reafirmación de la inmortalidad de aquello que nos define, ofreciendo una visión esperanzadora pese a la lucha constante con el tiempo y la pérdida. En términos técnicos, la métrica es sólida y la elección léxica es rica, con imágenes evocadoras que generan una atmósfera envolvente. La alternancia entre versos de afirmación y de contemplación mantiene el interés del lector y refuerza la fuerza del mensaje. En resumen, mi poema es una obra reflexiva y emotiva que explora la permanencia de la esencia a través de los ciclos de la vida y la muerte, con un manejo magistral de las metáforas y una musicalidad que lo hace perdurable en la memoria. Es un poema que no solo transmite sentimientos, sino que deja una huella en quien lo lee.

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